Statement de artista

Invoco la belleza como una cita con aquello que me alimenta y me inquieta. 
Me interno en el mundo silvestre.
Con la certeza de que cada flor, cada insecto, en lo efímero se abren a una vida nueva. Cada temblor sutil puede iniciar una revolución mínima. 
El paisaje y el camino son internos. 
Pero también podría ser lunar o extra-terrestre. 
En esos bosques que transcribo no solo busco alimento sino que también lo soy.
Son mapas para ser más humana y a la vez, más material, más tejidos y células.
Dibujo líneas, pinto incursiones en naturalezas levemente salvajes. 
Sutiles pero no domesticadas.
Hoy son el resultado de un gesto que itera, un descanso que sucede en tela de araña,
para arrullar a quien se permita acercarse a soñar.

Me pregunto si siempre este será el motivo, si habrá otros. Y por qué si estamos en momentos aciagos
en los que tantas situaciones crueles nos rodean, mis manos actúan autónomas, sin esa lógica de pensar.
Por qué no son deliberadas y se encaminan a esa representación, por qué no gritan.

La respuesta quizás está en lo que me dijo una de mis profesoras: “el arte puede ser como la naturaleza:  no se trata tanto de las emociones que conscientemente provoca, sino de algo anterior: de la energía que mueve. Y que podría haber arte en producir una belleza aparentemente serena, cuando a la vez sea levemente incomprensible.”

Yo sin saberlo, me uní a esa búsqueda. No fue inicialmente una elección: desde niña escucho una voz interior que me lleva a pintar, a dibujar, a copiar, garabatear e inventar en papeles, papelitos, cuadernos y paredes.
Pero en mi caso, esa voz susurra. Cuando dibujo y pinto es como una meditación. Con la sorpresa casi infantil de descubrir todo lo que adentro puede tener un lápiz. Dibujo como otra forma de aprender, de escuchar.

Ese hilo de voz me acompaña desde que tengo memoria, a los inicios se imponía, pero como adulta para sintonizarlo tengo que prestarle enorme atención. Pide cierta soledad y abstracción del mundo. Algunas temporadas la he acallado en favor de la exploración de una vida de buenos ruidos. Pero ya entendí que desoírla implica apagar algo central. 

Por eso agradezco cada posibilidad de rescatar ese susurro, de ofrecerle mi dedicación, sin propósitos claros, solo  tirar de hilos, y aunque sea por ráfagas, perseverar. Quizás no es intuitivo pero esto que dibujo y ovillo con fe, me conecta con el mundo. Como una tarea de inmersión muda desde el aislamiento pero que también es paso para conversar con otros. Este susurro reconozco que es mi pequeña bendición, pero que mi suerte vital depende de sostener esa perseverancia para darle espacio, recordar salir de mis propios mapas y perderme, para atraer la sorpresa de lo inconsciente, su belleza y también su temblor. En ir a su encuentro, a celebrarlo desde un gesto mínimo cada vez que me siento y lo invoco con la yema de los dedos.

Mariana Jasper